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Artículos y Consejos sobre Educación Vial

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CONDUCIóN NOCTURNA
Dr. Usparitza, 18-01-2005

La conducción nocturna requiere someter a la vista y al cerebro a unos esfuerzos mayores que durante el día, para poder actuar rápidamente y con seguridades.

La cifra de accidentes ocurridos durante la noche es muy elevada, teniendo en cuenta que el número de vehículos circulante durante las horas nocturnas es muy inferior a los que lo hacen en horas diurnas. Además, durante la noche conducimos quizás demasiado deprisa para la capacidad de nuestros ojos. Por si esto fuera poco, nos encontramos con otras dificultades nada despreciables y a considerar seriamente: carreteras sinuosas, pavimento húmedo o la propia lluvia que absorbe cantidad enorme de radiaciones lumínicas, niebla y lo que es ya denominador común de todas nuestras carreteras, riego asfáltico oscuro.

¿Que podemos hacer para compensar todas estas dificultades que entraña la conducción nocturna, para tratar de que sea lo menos peligrosa para sí y para los demás?

VER Y SER VISTO

Para evitar los peligros de la conducción nocturna debemos, en primer lugar, corregir los posibles defectos visuales, factor básico y fundamental, sobre todo, cuando el conductor rebasa cierta edad que muchas veces no ha de ser precisamente avanzada. Después poner el vehículo en condiciones de iluminación, de forma que nada falte ni este deficitariamente funcionando y así cada tipo de alumbrado cumplirá la misión que le corresponde. Alumbrado ordinario, intensivo, de cruce, de posición o gálibo, de niebla –si lo tuviera-, de matrícula y de retroceso accionado por el cambio de velocidades. Ya no queda más que utilizarlos correctamente.

EL DESLUMBRAMIENTO

De todas las utilizaciones del alumbrado de los vehículos, aquella que origina mayores peligros y consecuentemente más accidentes es la que provoca el tan temido deslumbramiento. Deslumbramiento que puede originarse a través del espejo retrovisor -por incorrecto mantenimiento de la luz intensiva del vehículo que nos sigue- y sobre todo, el provocado en los cruces de los vehículos.

El ojo humano posee la característica singular de ajustar la abertura de su iris con arreglo a la intensidad luminosa que recibe, de tal forma que mide el total recibido del campo visual que abarca y cierra y abre la pupila en la medida de lo preciso, para una acomodación correcta. Si en el campo visual irrumpe una luz intensa -los faros-, se contrae la pupila originándose una ceguera transitoria hacia las áreas menos luminosas cuyo espacio de duración comprende todo el tiempo en que los focos hacen acto de presencia, más el necesario para deshacer el estímulo.

En estas circunstancias, en los cruces con otros vehículos en los que se es objeto de deslumbramiento, no debe mirarse a los faros de quienes les llega de frente, aconsejándole incluso, si fuera preciso y como mecanismo de defensa, el cerrar el ojo izquierdo tratando de mirar con el ojo derecho los bordes de la calzada, todo ello mientras dure la causa perturbadora.

En los momentos de deslumbramiento, que aunque sean breves se recorren muchos metros, hay que extremar las precauciones: aminore la marcha cuanto pueda –si es preciso, hasta deteniéndose-y no olvide que puede encontrarse en su derecha con un obstáculo en forma de peatón, motos o bicicletas mal o nulamente iluminadas, obras sin señalizar o deficitariamente señalizadas, animales, carruajes, vehículos detenidos imprudentemente, etc. De ahí la enorme y hasta vital importancia del buen reglaje del alumbrado del vehículo, sobre todo, en los que se refiere a la luz de cruce.

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